Leyenda urbana de terror - La poeta maldita

Leyenda urbana de terror – La poeta maldita

En mi adolescencia fui una persona muy rebelde, que siempre estaba de club en club, bailando bebiendo y hasta usando drogas. En esas correrías conocí muchísimas personas, y algunas se convirtieron en amigos. Entre ellos destacaba Zoe, una muchacha de mi edad muy atractiva y también bastante descarriada.

Leyenda urbana de terror - La poeta maldita

Zoe se convirtió pronto en mi compañera de fiestas, pero también llegamos a ser muy cercanos. Venía de un hogar roto: su padre se fue cuando ella al fin tuvo edad para contarle a su madre que la hacía objeto de sus abusos, su madre era mujer que tenía más parejas que vestidos; así que Zoe tenía carta abierta para hacer lo que le viniera en gana, lo cual incluía ir de fiesta todas las noches y beber hasta perder la consciencia.

Lo que casi nadie sabía es que dentro de ese exterior frío y arriesgado se escondía un alma sensible. Su poesía era hermosa, musical, escalofriante. Así que pasábamos las noches antes de salir bebiendo vodka barata y escuchando las palabras deliciosas que salían de sus labios. Zoe siempre decía entre risas: sírveme un trago para mí, y otro para mi poema.

Los años pasaron, me alejé de las malas influencias y comencé la universidad. Cuando estaba a punto de graduarme, la encontré en uno de los pasillos de mi alma mater. Parecía nerviosa y taciturna. Estaba escribiendo, como siempre y había comenzado una carrera en letras. Le prometí  visitarla para hablar pronto y tan pronto entré al salón, olvidé mi propósito. Semanas después, me desperté bañado en sudor y con su nombre en los labios, pero no le di importancia.

Cada noche sentía ojos de Zoe clavados en los míos, y ella en medio de una mueca burlona bañada en sangre me repetía una y otra vez con una voz ronca, ahogada: un trago para mí, otro para mi poema. Veía su cuerpo balanceándose suavemente, y sus manos rojas tratando de alcanzarme. Me despertaba con rasguños en el cuerpo y un deseo incontrolable de llorar. Fui a cientos de médicos y psicólogos, sin encontrar la cura.

Muchos años después, salí con unos compañeros de promoción  a celebrar el quinto aniversario de nuestra graduación. Fuimos al bar de siempre, donde Zoe y yo bebimos hasta borrar la consciencia. Y de repente alguien dice: “Un trago para ti, otro para tu poesía”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escucharle y le pregunté la razón de sus palabras.

Mi amigo responde: “por la época de nuestra graduación, una estudiante de literatura le pidió al dueño del bar (que era su amigo) pasar la noche allí, pues no tenía donde dormir. Al día siguiente descubrieron su cuerpo colgado de una de las vigas. Ella se había escrito esas palabras: “Sirve un trago por mí, otro por mi poesía” en todo su cuerpo con una navaja. Dicen que si no lo haces antes de beber, ella irá a atormentarte cada noche de tu vida.”

Escuché en silencio, pagué dos tragos que dejé servidos y me fui a la mañana siguiente de la ciudad para nunca regresar.

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