Ana la solitaria leyenda

Leyendas – Ana la solitaria

Llegar a casa cada día y encender un cigarrillo, justo después de desembarazarse de los zapatos de tacón resultaba casi tan placentero como un milagro. Vivir sola nunca le había significado un inconveniente sino toda una ventaja, dado su temperamento solitario. De hecho, uno de sus compañeros de oficina había comentado como una broma, que si le pasaba algo no habría nadie que ayudarla. Desde ese momento, Ana temía secretamente que eso ocurriera sin embargo, solía sonreír y apartaba ese terrible pensamiento de su cabeza. Después de todo, eso sólo pasaba en las películas.

Ana la solitaria leyenda

Esa noche se sentó en el sillón de la sala, encendió el cigarrillo y se descalzó, pero en vez de la clásica sensación de bienestar tenía un extraño presentimiento, como si de un momento a otro se fuese a abrir de golpe la puerta. Miró a su alrededor y no notó nada diferente…sólo las colillas extra en el cenicero, una de ellas manchada con su lápiz labial. Frunció el ceño, pues siempre vaciaba el recipiente antes de ir a la cama y sólo se permitía fumar un cigarrillo al día. Un ruido la arrancó de sus cavilaciones: era sólo el estúpido gato, que había dado un salto hacia atrás al verla pero, extrañamente, le bufaba con el lomo arqueado antes de desaparecer hacia su habitación.

Ana persiguió al gato y se detuvo en seco frente a la puerta. El gato estaba sobre la cama, que apenas se iluminaba con la pálida luz de la luna, y se alimentaba lentamente de su propio cuerpo en estado de descomposición. Atado torpemente con unas tiras delgadas al cabecero robusto de caoba, su delgado cuerpo exhibía unas cortadas que exponía sus vísceras sanguinolentas y ennegrecidas por el tiempo de donde se alimentaban el gato y un par de moscas. Entonces, los recuerdos llegaron a su cabeza en ramalazos explosivos.

Una noche fue a un bar, dispuesta a conocer a alguien. Ese tipo parecía amable, decente, lo invitó a casa, a beber un café y las cosas se calentaron. La llevó a su cama, la ató con el cordón de seda y en vez de besarla, comenzó a cortarla con un cuchillo afilado. Recortó sus pezones, ultrajó su cuerpo y la dejó ahí tirada… Ana dejó escapar un grito de horror, no sólo por la escena de su cuerpo hinchado y pestilente, sino porque ya lo había visto en numerosas ocasiones. Ana gritó y gritó hasta disolverse en la penumbra. No había nadie para escuchar sus gritos.

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