leyenda verdadera de terror la helada

Leyendas verdaderas de miedo – La helada

Mi vehículo se había quedado atascado a mitad de la carretera, debido a la intensa nevada que estaba cayendo. Traté de buscar ayuda a través de mi celular, pero no pude. Por lo que decidí descender del auto y ver si alguna persona cercana acudía a mi auxilio.

Caminé poco más de un kilómetro y todas las casas que di estaban abandonadas. Aquello parecía un pueblo fantasma. Entonces vi las luces encendidas de una cabaña que estaba a poca distancia.

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Me alegré muchísimo, pues pensé que por fin mis problemas estarían solucionados. Nada más lejano a la realidad, ya que al irme aproximando cada vez más, me percaté de que yo ya había escuchado algo acerca de aquella casa.

Hacía no mucho tiempo, personas de la oficina me habían comentado que en esa cabaña habían asesinado a una familia entera. Otros me dijeron que en los cimientos de la cabaña, se hallaban los vestigios de un antiguo cementerio.

En fin, eran muchas las historias de miedo que se entremezclaban. Ahora tengo plena certeza de que debía hacerle caso a mi instinto de supervivencia y no acercarme a aquel lugar. Sin embargo, era tanto mi deseo de salir de ahí que ignore lo que mis sentidos me estaban avisando.

Llamé a la puerta en repetidas ocasiones, pero nadie respondió. Luego fui hasta la puerta trasera y vi que está se encontraba abierta. Entré y rápidamente recorrí el lugar hablando en voz alta, pues no quería espantar a nadie.

Llegué a la cocina y observé que la losa estaba guardada en los anaqueles y en la estufa había un asado que estaba a punto de salir del horno.

Aquel guiso olía muy bien, inmediatamente recordé el pollo que preparaba mi tía Cecilia en el día de mi cumpleaños. Cogí un trapo húmedo y con cuidado abrí lentamente la puerta del horno, para ver el platillo de cerca.

Quedé horrorizado, pues eran cerebros humanos los que se estaban cocinando allí. De pronto escuché ruidos en la puerta principal y traté de huir aunque no tuve éxito.

El dueño de las casas me disparó y me dio por muerto, tirándome a la orilla del camino. Ahora paso mis días, sentado frente a la ventana en una silla de ruedas.

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