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Leyendas y mitos de terror – Carne fresca

Las guerras son momentos históricos terribles, no sólo por la cantidad de personas que mueren vilmente asesinadas por intereses egoístas de los países involucrados, sino por las graves consecuencias que acarrean en la sociedad civil que también se ve azotada por la miseria y escasez que asolan a la población aún después de estos conflictos. Esta era la situación que se vivía en la Berlín después de la Segunda Guerra Mundial, donde casi todo el mundo se moría de hambre y los alimentos frescos brillaban por su ausencia.

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Sin embargo, las personas de buen corazón aún quedaban a pesar del hambre y la miseria. Una de ellas era una mujer joven, aún soltera y que enfrentaba las batallas diarias con su familia para mantenerse con vida a pesar de las vicisitudes del día a día pero que aún los horrores de la guerra no fueron capaces de hacer mella en su bondad y buen espíritu. Una tarde, caminando a su casa, se encontró con un hombre ciego, que con lentes y bastón se acercaba a las personas que lo trataban con desdén. Al escuchar que pedía ayuda y todos lo ignoraban se acercó a hablar con él y ver en qué podía ayudarlo.

El ciego, un hombre extrañamente enconvardo, con un bastón y lentes oscuros se movía a tientas con un papel en la mano. Al escuchar a la muchacha, la tomó por el codo, tocó un poco su brazo y le dijo: señorita, al fin encuentro un alma caritativa en esta pobre ciudad. ¿Sería usted tan amable de hacerme un favor? Sólo necesito que esta carta sea entregada en la dirección que está en el sobre. No es demasiado lejos, pero mis pobres piernas están demasiado débiles para llevarla y esta ciudad es muy cruel con un pobre viejo ciego.

La muchacha recordó a su padre, a quién perdió durante la guerra y decidió hacerle el favor. Igual quedaba más o menos de camino a casa, así que no se desviaría mucho. Sin embargo, al caminar unos pocos metros, examinó la dirección y notó que había un número extraño: ¿era un 7 o un 1? así que se devolvió a la plaza, seguramente alcanzaría al ciego, pues éste caminaba muy lento, pero al girar la cabeza notó que el hombre se había erguido y corría rápidamente entre la multitud hasta perderse. Meditó un instante, pensando en lo extraño de la situación, así que se dirigió a la policía en vez de ir a la casa a entregar la carta.

El policía que la atendió frunció el ceño extrañado, le pidió que repitiera la historia frente a su superior y le agradecieron, pues una serie de extraños incidentes se estaban desarrollando en la zona así que visitaron el lugar que indicaba la carta. La muchacha los siguió escondida, pues la curiosidad la atormentaba.

Lo que vieron al llegar a la casa nunca se borraría de la mente de la joven y de los policías. Lo que parecía una vivienda normal, en donde un letrero de “Carne fresca” despachaban carne a precios decentes, escondía un lugar oscuro y siniestro: en la parte de atrás descubrieron una bóveda oculta, un bunker donde tres hombres trabajaban descuartizando el cuerpo de una mujer peliroja, detrás de ellos y de sus batas manchadas de sangre habían cubetas llenas de los órganos, la piel y los despojos de otras víctimas. El negocio era obvio: vendían la carne humana al pueblo hambriento por precios muy bajos.

Por cierto, ¿saben lo que decía la carta? “ Esta es la última que les mando el día de hoy”. Así que tengan cuidado, a veces la compasión puede ser el principio de la destrucción.

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